NUESTROS MEDIOS

Nuestro ideal no es de aquellos cuyo conseguimiento depende del individuo considerado aisladamente. Se trata de cambiar el modo de vivir en sociedad, de establecer entre los hombres relaciones de amor y solidaridad, de conseguir la plenitud del desarrollo material, moral e intelectual, no para un solo individuo, ni para los miembros de una dada clase o partido, sino para todos los seres humanos, y esto no es una cosa que pueda imponerse con la fuerza, sino que debe surgir de la consciencia iluminada de cada uno y actuarse mediante el libre consentimiento de todos.

Nuestro primer deber, pues, consiste en persuadir a la gente.

Y cuando hayamos conseguido hacer nacer en el ánimo de los hombres el sentimiento de rebelión contra los males injustos e inevitables que se sufren en la sociedad presente, y cuando les hayamos hecho comprender las causas de estos males y que de la voluntad humana depende eliminarlos; cuando hayamos inspirado el deseo vivo, prepotente, de transformar la sociedad en bien de todos, entonces los convencimientos por impulso propio y por impulso de los que les precedieron en la convicción, se unirán y querrán y podrán actuar los comunes ideales.

Pero a esto se oponen -y se oponen con la fuerza brutal- los que se benefician con los actuales privilegios y dominan y reglamentan la vida social presente. Tienen estos en sus manos todos los medios de producción, y por lo tanto suprimen, no tan solo la posibilidad de experimentar nuevos modos de convivencia social, no tan sólo el derecho de los trabajadores a vivir libremente con el propio trabajo, sino también el mismísimo derecho a la existencia, y obligan al que no es propietario a que se deje explotar y oprimir si no quiere morirse de hambre. Tienen a su disposición la policía, la magistratura y los ejércitos creados expresamente para defender sus privilegios, y persiguen, encarcelan y matan a los que tienen sometidos.

Dejando a un lado la experiencia histórica (la que demuestra que jamás una clase privilegiada se ha despojado, en todo o en parte, de sus privilegios, que jamás un gobierno ha abandonado el poder sin que la fuerza le haya obligado a ello) bastan los hechos contemporáneos para convencer a cualquiera de que la burguesía y los gobiernos emplean la fuerza material para defenderse, no ya contra la expropiación total, sino contra las más pequeñas pretensiones populares, y que están siempre dispuestos a las más atroces persecuciones y a las matanzas más sangrientas.

Al pueblo que quiere emanciparse no le queda otro recurso que oponer la fuerza a la fuerza.

De cuanto hemos dicho resulta que debemos trabajar para despertar en los oprimidos el deseo de una radical transformación social y persuadirlos de que uniéndose tendrán la fuerza para vencer; debemos propagar nuestro ideal y preparar las fuerzas morales y materiales necesarias para poder vencer a las fuerzas enemigas y para organizar la nueva sociedad. Y cuando tengamos la fuerza suficiente debemos, aprovechando las circunstancias favorables que se producen o creándolas nosotros mismos, hacer la revolución social, derribando con la fuerza el gobierno, expropiando con la fuerza a los propietarios, y poniendo en común los medios de vida y de producción, e impidiendo al propio tiempo que vengan nuevos gobiernos a imponernos su voluntad y a dificultar la reorganización social hecho directamente por los interesados.

Entre el hombre el ambiente social hay una acción recíproca. Los hombres hacen la sociedad tal como ésta es, y la sociedad hace los hombres tal como éstos son, y de esto resulta una especie de círculo vicioso: para transformar la sociedad es necesario transformar los hombres y para transformar los hombres es necesario transformar la sociedad. La miseria embrutece al hombre, y para destruir la miseria es necesario que los hombres tengan consciencia y voluntad. La esclavitud educa a los hombres para ser esclavos, y para liberarse de la esclavitud se necesitan hombres que aspiren a ser libres. La ignorancia deja a los hombres sin el conocimiento de las causas de sus males y sin que sepan como remediarlos, y para destruir la ignorancia es necesario que los hombres tengan tiempo y modo de instruirse. El gobierno acostumbra a la gente a sufrir la ley y a creer que la ley es necesaria a la sociedad, y para abolir el gobierno es necesario que los hombres se persuadan de su inutilidad y de su nocividad.

De aquí la posibilidad del progreso; pero no la posibilidad de llevar, por medio de la propaganda, todos los hombres al nivel necesario para que quieran y actúen la anarquía, sin una anterior gradual transformación del ambiente. El progreso debe marchar contemporáneamente, paralelamente en los individuos y en el ambiente. Debemos aprovechar todos los medios, todas las posibilidades, todas las ocasiones que nos deja el ambiente actual, para obrar sobre los hombres y desarrollar su conciencia y sus deseos; debemos utilizar todos los progresos realizados en la conciencia de los hombres para introducirles a reclamar e imponer aquellas mayores transformaciones sociales que son posibles y que mejor pueden abrir paso a progresos ulteriores, hasta que llegue a su emancipación completa.

Il Programma Anarchico fue escrito por Errico Malatesta y adoptado por la Unione Anarchica Italiana en su congreso en Bologna (1920)

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