NUESTRO MANIFIESTO

La mayor parte de los males que afligen a los hombres dependen de la mala organización social, y los hombres, queriendo y sabiendo, pueden destruirlos.” – Malatesta.

Esta mala organización social no es ni casual ni nueva. Desde su genesis, la Historia de la humanidad se parece a una interminable tragedia en la cual podemos observar cómo, con cada vez más técnica, diferentes familias sentaron sus sistemas de explotación sobre la ignorancia de civilizaciones enteras. Los orígenes del Poder actual concuerdan con los del capitalismo moderno, cuando la máxima elite de una clase burguesa recién aparecida empieza a sentarse alrededor de la mesa para cooperar en la construcción de imperios económicos, industriales y financieros capaces de derrocar a cualquier rey y tomar el contról político internacional. Estos grandes monopolios erigidos a base de corrupción y de despojo (los Rockefeller con la extracción petrolera y mineral o los Rothschild con la creación monetaria…) les permitieron inyectar inmensas cantidades de dinero en su gran sueño de Nuevo Orden Mundial, exponencial, irreversible, eternal, poniendo poco a poco los gobiernos, la ciencia y al culto a su servicio. Un sueño que se vuelve cada día más real tras la infiltración, cooptación, soborno y control ejercido sobre sociedades secretas (Francmasonería, Bohemian Club…), gobiernos en la sombra (Bilderberg Group, Council on Foreign Relations, Trilateral Comission…) y organismos gubernamentales (BM, CIA, NSA, FMI…). Este sistema se ha ido perfeccionando e institucionalizando a través la manipulación mediática, las crisis económicas, los programas de educación nacional o el uso de nuevas armas de control social, técnicas de convencimiento, envilecimiento, disuasión, parálisis, fabricación y universalización de sentidos comunes y un largo etcétera. Es el régimen dictatorial mundial en el cual estamos viviendo, con menos del 1% de la población mundial compartiéndose el resto del mundo, sus tierras y recursos, sus medios de producción, de creación monetaria, las fuerzas estatales, la tecnología, y sobre todo nuestras mentes vendiéndonos una idea de libertad que se limita a su catálogo: o participamos y perpetuamos el capitalismo, o, como todas las poblaciones rebeldes, nos resignamos a su cárcel y su muerte.

Porque él que no conoce su pasado está condenado a revivirlo, la humanidad entera se encuentra encerrada en un ciclo de derramamiento de sangre y de esclavitud. Nada más en el siglo XX, centenas de millones de personas fueron asesinadas directamente por las manos de sus propios gobiernos, generalmente poblaciones consideradas como contestatarias, rebeldes o “antisociales”, en definitiva, las que tenían más criterio crítico en sus pensamientos. Este sin fin de ejecuciones participó y sigue contribuyendo a una gran limpieza social de la cual es difícil estimar las consecuencias sufridas en la actualidad. En Rusia, el “Terror Rojo” acabó con la vida de más de 60 millones de hombres, mujeres y niños en su construcción de una “nueva sociedad” mientras que la guerra de Hitler mataba a más de 20 millones de gente “inferiores”. Durante el gobierno de Mao Tse Tung fueron más de 60 millones de campesinos asesinados y la lista sigue aumentando con la dictadura China actual; más de 2 millones en Camboya; 1,5 millones en Turquía, más de 800.000 en Rwanda; 300.000 en Uganda; 300.000 en Guatemala, etc… Genocidios mediatizados en Siria o Palestina, silenciados en Tíbet o Sudan, indígenas exterminados por multinacionales en Amazonia, campesinos rebeldes suprimidos en Honduras, Nicaragua, Salvador, reporteros y revolucionarios desaparecidos en Egipto, México, Chile, Argentina, Korea, la macabra lista de familias inocentes que han sido exterminadas por sus propios gobiernos, en una escala industrial y a nombre de todos ellos, se hace más larga cada día. Es un hecho histórico de que el estado sea la causa N°1 de muertes producidas sin hablar de su necesaria complicidad en las guerras infinitas, los escándalos sanitarios como la legalización de productos tóxicos, de organismos transgénicos, la proliferación del nuclear, etc…

Cotidianamente, las noticias del mundo nos acostumbran a la banalización del terror y del avasallamiento contribuyendo así al consentimiento colectivo e inconsciente de una realidad que no tendría que ser nuestra. La gran mayoría de la gente se encuentra totalmente alienada por el sistema pero orgullosa de formar parte de esta gran “masa” homogeneizada, cada día más débil físicamente, mentalmente y cada vez más enganchada a artificios materialistas que la desconecta del sufrimiento de la humanidad, del llanto aterrador de la Madre Tierra, de sus vecino de al lado, de su propio cuerpos y de sus espíritus enfermos. A lo largo de su miserable vida y eso desde generaciones enteras se le vampiriza toda su energía, su tiempo y su dinero cuando su triste destino es de desaparecer progresivamente por su misma inutilidad tras una lenta y dolorosa muerte. Los pocos que logran abrir los ojos se ven rápidamente sumergidos por una cantidad increíble de información alarmante y contra-información alarmista.
¿Qué creer? Cuando todavía uno no sabe.
¿Qué hacer? Cuando todavía uno no siente el deber de hacer.
¿Por dónde empezar? Cuando todavía uno se cree solo.
Y crece el sentimiento de impotencia cuando no es paranoia.
Por rabia unos enloquecen.
Por tristes muchos se deprimen.
Por miedo demasiados se paralizan.

Sin embargo, somos cada vez más a encontrarnos del otro lado, en el otro mundo, no él de la muerte sino de la vida que resiste, el mundo de los posibles; pero si la existencia de alternativas legítima la lucha, le da sus razones y motivos, también hace que muchos se olvidan de su necesidad y sobre todo de su emergencia. Uno se contenta de comer orgánico para olvidarse de la lenta muerte del vivo. Otro pone sus hijos en una escuela alternativa y deja de sentirse uno con la humanidad ignorante. Muchos se exilen al campo para vivir sus propias utopías en comunidades y tener una buena vida, sana, feliz y coherente con sus ideas. Pero mientras unos eligen este noble camino, la máquina infernal sigue avanzando a paso de gigante, despojando, reprimiendo, saqueando, manipulando, criminalizando, privatizando, torturando, censurando, patentando, secuestrando, exterminando y llegará un día o el otro a tocar a sus puertas para soplar sus pequeñas utopías vueltas insignificantes. Nos enfrentamos a una bestia totalmente convencida de su impunidad y muy determinada en acapararse de todos los recursos del planeta, conduciéndonos a la desaparición de la biosfera, lo que incluye nuestra propia muerte a ritmo industrial. Solo en los últimos cuarenta años la mitad de las especies animales desapareció y recién estudios científicos anuncian una esterilidad generalizada para toda la humanidad debido al consumo generalizado de transgénicos. Por otro lado, más estudios confirman el actual fenómeno de desgeneración cerebral tan pesado de consecuencias para el devenir de nuestra raza. Es la Revolución Final que nos necesita a todos porque de ella solo un bando saldrá victorioso. Sin alternativas reales la lucha no logrará la victoria; pero sin lucha no habrá esperanza ninguna para estas alternativas.

Somos conscientes de que existen diversas ramas activas de lucha dentro de las cuales obreros, estudiantes, campesinos, feministas, y un largo etcétera luchan cada uno por su pequeño interés, como somos conscientes de que a ellos se oponen, sin pudor ni disimulo, el poder del Estado con su fuerza bruta, su legislación, sus promesas de pseudo-paz social y de Estado del Bienestar. Así se pierden los compañeros de lucha, cada vez más cansados y desilusionados cuando no fueron comprados, engañados, encarcelados o algo peor. Son tantos los frentes, tantas las luchas, que el moderno Sistema-Mundo nos tiene bien divididos y desorganizados. Quizás unos cuantos obreros de una lejana fábrica lograrán imponer sus exigencias después de meses de lucha mientras centenas de familias serán víctimas de una reestructuración en la fábrica de al lado. Quizás unos cuantos campesinos de una tierra lejana lograrán obtener un título de propiedad después de años de lucha mientras miles de familias habrán sido despojadas de las tierras de al lado. Quizás unos cuantos ecologistas perdidos en medio de la nada lograrán bloquear el paso a una multinacional después de todo una vida de lucha cuando esta habrá dado diez pasos adelante en otros terrenos.
¿Cuántos encarcelados por liberado?
¿Cuántos despojos por expropiación?
¿Cuántos muertos por una vida salvada?
¿Cuantas personas se despertarán leyendo estas líneas mientras miles de millones entrarán a toda velocidad en el capitalismo a ultranza al otro lado del planeta?
¿Y una vez abiertos los ojos, por cuanto tiempo seguirán despiertos?
Es principalmente por esto que nuestras luchas no llegan a buen puerto: La dispersión representa una inoportuna pérdida de energía y de tiempo cuando sólo la unión hace la fuerza.

Nos falta un objetivo común y claro que solo puede ser esa élite industrial, financiera y política escondida detrás de todos los gobiernos, su cara más visible a la par que su mejor arma de dominación y enriquecimiento. Necesitamos obrar de manera urgente en la convergencia de las luchas hacia una organización internacional y masiva en pro de su derrumbamiento –empezando por el enemigo más público del pueblo: los gobiernos. El cómo destituir a los gobiernos es un capítulo más extenso, pero breve es su resumen: por un lado, esforzándonos de persuadir a la gente de su ilegitimad, inutilidad y nocividad, promoviendo y apoyando a los proyectos auto-gestionados y las redes de poblaciones autónomas ya existentes, y en paralelo, oponiendo la fuerza a la fuerza. Ellos tienen el total monopolio de la violencia (policial, estatal, legal…), y han estado siempre dispuestos a las más atroces persecuciones, pero nosotros tenemos el número, y cuando también contemos con la conciencia y la organización, nos daremos cuenta de que les podemos. Todo lo que se crea se puede destruir, y no es más que el mismo pueblo quien puede reversar esta pirámide para que caigan los demonios que durante tantos siglos se han aprovechado de su ignorancia.

Nuestro primer deber reside entonces en nuestra propia concientización sobre el origen de todos los males para poder legitimar el derecho a la rebelión de las masas, actuando cuanto antes mejor porque su plan de dominación mundial es cada día más amplio y mejor estructurado. No hay un solo camino y tenemos que confiar en nuestras múltiples y propias maneras de organizar la lucha, enfocándonos en lo que nos une más que en las divergencias de ideas. Sin embargo nuestro destino final no tiene mucho secreto: expropiaremos esos medios de producción que nosotros mismos construimos y trabajamos, y tanto al colectivizar nuestros bienes y nuestras tierras como al organizarnos de manera cada vez más local en un marco de auto-organización horizontal, prevendremos la aparición de nuevos Estados y recuperaremos el poder de decisión sobre nuestro futuro común.

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