En una de sus acepciones, el término Establishment se traduce como un conjunto de personas unidas por un propósito u objetivo común. Más explícitamente, con la expresión Eastern Establishment se designa al entramado plutocrático del Big Banking y del Big Business que domina la vida económica, política y social de los Estados Unidos.

El origen de los grandes capitales estadounidenses se sitúa en la Guerra de Secesión entre 1861 y 1865, con la confrontación entre la economía comercial e industrial del Norte y el viejo modelo latifundista y agrícola del Sur. No hará falta aclarar a estas alturas de los tiempos que las razones humanitaristas (abolición de la esclavitud) esgrimidas entonces por el expansionismo nordista no son otra cosa que espúreos adornos. De hecho, las condiciones de vida del proletariado norteño difieren muy poco de las reinantes en las plantaciones esclavistas del Sur. Lo que se ventila, pues, en aquel conflicto no es otra cosa que la supremacía del modelo económico del Norte, que es el que mejor responde a las exigencias del capitalismo expansivo.
El balance de aquella guerra, tan trágico para muchos como rentable para unos pocos, ofrece por tal motivo dos caras bien distintas. En una de ellas aparecen sus 600.000 víctimas y las cuantiosas pérdidas materiales causadas por la contienda.Y en la otra figura el gran desarrollo industrial que el esfuerzo bélico proporcionó a la zona Norte, así como el espectacular enriquecimiento que de ello se derivó para los especuladores y los proveedores del ejército. La transformación económica operada por el conflicto permitió la acumulación de enormes fortunas y dio paso al ulterior proceso de concentración mercantil e industrial en beneficio de los grandes trusts económicos.
El curso iniciado con la guerra de Secesión, durante la cual se gestaron los primeros imperios económicos (Vanderbilt, Carnegie, Morgan, Rockefeller), da paso a la concentración monopolística que comienza a desarrollarse a partir de aquel evento. Desde entonces cada nueva contienda bélica supondrá un reforzamiento de esa dinámica. Así, la guerra hispano-norteamericana de 1898 abre el camino a los oligopolios azucareros. A ésta le seguiría la 1ª Guerra Mundial, que consolida la concentración de la industria pesada y consagra el ascenso de otros dos imperios económicos: el de la dinastía Pont de Nemours, de Detroit (Unites States Rubber, General Motors, National Bank of Detroit), y el del clan financiero Mellon, de Pittsburg (Aluminium Co. of America, Westinghouse, Mellon Bank).
La concentración prosigue a ritmo acelerado durante el boom de 1925-29, período en el cual 4.583 sociedades industriales se ven absorbidas por los grandes trusts que se lanzan preferentemente sobre las empresas de servicios públicos (electricidad, agua, gas, ferrocarriles, etc). Posteriormente, la 2ª Guerra Mundial y los conflictos sucesivos incrementarán aún más los beneficios y el poderío de los grandes complejos económicos, como tendremos ocasión de comprobar. Pero antes convendrá retrotraerse nuevamente a los inicios de este proceso para analizar más de cerca sus características y la trayectoria de sus principales protagonistas.

De entre las grandes fortunas amasadas a partir de la guerra civil norteamericana, cuatro nombres sobresalen en especial: Cornelius Vanderbilt, Andrew Carnegie, John Pierpont Morgan y John Davison Rockefeller. El primer apellido prácticamente ha desaparecido del concierto plutocrático mundial y de las altas esferas de influencia política. Los dos últimos, por el contrario, se sitúan actualmente en su vértice más elevado. El hecho de que los Morgan y los Rockefeller liguen el destino de sus grandes empresas a un potente complejo bancario habrá de jugar, sin duda, un papel fundamental en su proyección futura.
Cornelius Vanderbilt es ya un próspero empresario en los comienzos de la guerra. También es, y con diferencia, el de más edad, 65 años, ya que el mayor de sus tres concurrentes no sobrepasa la treintena. Las concepciones empresariales de Vanderbilt y su forma de gestionar los negocios están, por ello, más próximas a los viejos métodos que a las técnicas que demanda el capitalismo avanzado. Tampoco en esto se asemeja a los otros tres. Su imperio económico se articula en torno a varias compañías navieras subvencionadas por el Estado. Durante la guerra de Secesión, el “comodoro” Vanderbilt registra enormes beneficios proporcionando al Gobierno nordista la flota de guerra destinada a la toma de Nueva Orleans. Otro sector en el que desarrolla una notable actividad es el del tendido ferroviario.
La escalada de Andrew Carnegie se fragua a partir de su cargo como secretario del director de Transportes del Ministerio de la Guerra. Valiéndose de su ventajosa posición, este ambicioso inmigrante escocés monta una factoría de raíles a través de la cual suministra al Departamento de Transportes todos los pedidos efectuados por éste. Los ingentes beneficios así obtenidos constituyen la base de la futura Carnegie Steel Co.of New Jersey, uno de los más potentes complejos industriales estadounidenses hasta principios del siglo XX, en que pasará a la órbita del grupo J.P.Morgan.

Pero vayamos ya con los dos grandes de aquel cuarteto. John Pierpont Morgan es hijo de un inmigrante inglés asociado a la banca británica Peabody&Co., cuyos negocios están estrechamente vinculados a los intereses nordistas. Su primera operación comercial, realizada precisamente a través de dicha entidad bancaria, consiste en suministrar cinco mil fusiles anticuados al ejército del Norte, embolsándose en la transacción la nada despreciable suma de 92.500 dólares, una fortuna por aquel entonces. Los sustanciosos beneficios obtenidos durante la guerra constituyen el punto de partida de su futuro imperio económico. En 1901 funda la United States Steel Corp., que con el tiempo se convertirá en uno de los mayores trusts acereros del mundo, y en 1903 crea, mediante la fusión de varias empresas navieras, otro gigante comercial, la International Mercantile Marine Co.. Tras su muerte, acaecida en 1913, será su heredero, J.P.Morgan junior, quien consolidará el poderío del trust, dotándole de una potente institución financiera, la Banca Morgan and Co.
La influencia en los medios políticos de los grandes trusts económicos está significada ya en la década de los años veinte por el diplomático americano James W.Gerard , quien se refiere al asunto en estos términos: « Los factores económicos dominan toda la vida nacional en este momento, y los hombres que reinan sobre las fuerzas económicas reinan también sobre el país ».
La 2ª Guerra Mundial supone para la casa Morgan una nueva oportunidad de incrementar su vasto imperio. Con motivo de dicha contienda, el gobierno norteamericano destina 17.000 millones de dólares a la creación de modernas factorías para la fabricación de material bélico, ya que la demanda armamentista amenaza con desbordar la capacidad productiva de la industria privada. Naturalmente, la mayor parte de esas nuevas instalaciones (un 80% aproximadamente) están puestas a disposición de las grandes compañías industriales, con todas las ventajas derivadas de ello, pero con la particularidad añadida de que, una vez finalizada la Gran Guerra, las factorías estatales, ya reconvertidas, pasarán a manos de esos grandes trusts en virtud de una disposición de compra preferente ejecutada a precio de saldo. Uno de los mayores beneficiarios de aquellas transacciones es el imperio Morgan, que a través de su macrocompañía United States Steel incorpora a su red comercial las imponentes acerías de Geneva (Utah).

Como ya se señalara, el centro neurálgico de este gigantesco trust es la Banca J.P. Morgan, que constituye el instrumento a través del cual se articula toda su red empresarial. No será preciso extenderse aquí sobre el decisivo papel desempeñado por las instituciones financieras como núcleo fundamental de los grandes complejos económicos . El hecho de que los más sobresalientes se articulen en torno a una poderosa banca no obedece precisamente a la casualidad, sino a razones tan sencillas como notorias, ya que los recursos financieros de que dispone un gran establecimiento bancario son inmensamente superiores a los del más acaudalado propietario. Como resulta evidente, el mecanismo operativo de las sociedades por acciones y de las instituciones bancarias no se basa en las fortunas personales de los plutócratas que las controlan, por cuantiosas que pudieran ser, sino en las gigantescas sumas aportadas por los millares de pequeños accionistas y depositantes de dichas entidades. El poder y la influencia de un magnate económico no se mide, pues, por el volumen de su patrimonio personal, sino en razón de los recursos que es capaz de movilizar y, lo que es más importante aún, por su emplazamiento en los centros decisorios de poder, esto es, en los organismos y cónclaves donde se decide el curso de los acontecimientos.Y éste es un asunto sobre el que conviene aclarar algunos conceptos.
El hecho de que en los últimos años varios bancos japoneses se hayan situado en los primeros lugares del escalafón mundial (en volumen de depósitos o de activos financieros), no tiene, ni por aproximación, la trascendencia que le confieren no pocos expertos en el arte de la confusión. Primeramente sería preciso significar que, tanto los activos de los bancos de inversión japoneses, como su rentabilidad y radio de acción, proceden y se circunscriben casi exclusivamente al mercado nipón. Así pues, su enorme volumen de negocios y de beneficios proceden del mercado nacional, mercado que dominan prácticamente en su totalidad. Sin embargo, y debido a las circunstancias ya expuestas, la incidencia de los bancos de inversión japoneses en el plano internacional es poco menos que relevante.
A todo lo apuntado en el párrafo anterior deberá añadirse todavía otra circunstancia no menos importante, como es el hecho de que Japón, pese a haberse convertido en un emporio económico, no pasa de ser un pigmeo en el terreno político y militar. Esto implica, entre otras cosas, que, a diferencia de otras potencias, y de una muy en especial, el Estado japonés no dispone de una poderosa maquinaria de proyección internacional que actúe en beneficio de los intereses exteriores de sus firmas económicas. Justamente lo contrario de lo que sucede en el caso de la Administración estadounidense, cuyo dilatado historial de servicios a los grandes trusts radicados en aquel país no será preciso (ni posible por su extensión) reproducir aquí. Aunque se trata de algo notorio, bastaría con repasar el contenido de diversos informes secretos elaborados por la Administración yanqui para confirmar la evidencia. Algunos de ellos, sacados recientemente a la luz por Noam Chomski, resultan sobradamente explícitos al respecto cuando señalan que “la mayor amenaza la constituyen los regímenes nacionalistas que obedecen a presiones internas para mejorar el nivel de vida y promover reformas sociales, sin prestar demasiada atención a las necesidades de los inversores estadounidenses”.
Indudablemente, el mayor banco japonés posee una envergadura económica superior al Chase Manhattan Bank, pero, por citar un solo ejemplo, no fue al presidente de ese banco nipón a quien recibió el gobierno de Gorbachov para dirimir los términos del desmantelamiento del caduco régimen soviético, sino a una selecta delegación de la Comisión Trilateral comandada por David Rockefeller. Del mismo modo, todavía no se ha interrumpido ningún Consejo de Ministros del gobierno español para que el jefe del gabinete recibiera a un financiero japonés, cosa que, por el contrario, sí ha ocurrido tratándose del ínclito David Rockefeller.

Queda aún otro aspecto digno de mención y es el artificio fraudulento en virtud del cual los intoxicadores de oficio abundan en la falacia del “libre mercado”, apoyándose en la pugna que mantienen los grandes consorcios multinacionales para encaramarse a las más altas posiciones del escalafón empresarial. De tal modo que las fluctuaciones en el ranking de los mejor colocados son aducidas por los oficiantes del liberalismo económico como muestra de la libre competencia, competencia que, obviamente, está reservada a un reducido pelotón de oligopolios económicos, y cuyos resultados, sean cuales sean éstos, en nada modifican lo esencial de la situación. Debe quedar claro, además, que las rivalidades circunstanciales que se puedan producir en la superficie del Sistema no afectan en lo más mínimo a los pilares sobre los que éste se asienta. Como podrá comprenderse, las disputas entre los oligopolios económicos, cuya importancia es en cualquier caso secundaria, pasan a un segundo plano tan pronto como aparece en el horizonte algo que suponga un atisbo de amenaza para sus intereses conjuntos, en cuyo caso todas las piezas del engranaje actúan como un bloque granítico.
Esta mecánica, que constituye el denominador común de todos los círculos oligárquicos, se manifiesta de idéntica forma en el ámbito político, donde las rivalidades y los golpes bajos entre las diversas facciones que conforman el cotarro se convierten en sólida alianza desde el mismo instante en que algún elemento ajeno a la farsa pseudo-democrática pone en tela de juicio la validez del Sistema del que todas ellas son tributarias. Exactamente la misma línea seguida por los grandes medios de comunicación, otro de los pilares del Establishment y su más eficiente herramienta, pues no en vano el poder económico y el aparato mediático se encuentran en las mismas manos. De ahí que, más allá de sus sórdidas disputas de intereses y de su adscripción a banderías políticas diversas, todos los grandes medios compartan idénticos planteamientos en lo tocante a la validez incuestionable del Sistema vigente. Unos y otros, partidos políticos y medios de comunicación, no hacen sino interpretar con diferentes matices una misma partitura, y es en los centros de poder plutocrático donde se compone esa partitura y desde donde se dirige la orquesta.
Volviendo el tema central de este análisis, el otro gran protagonista empresarial de la escena decimonónica estadounidense es John Davison Rockefeller, fundador de una dinastía financiera que, junto con la casa Morgan y el grupo bancario Warburg-Lehman-Kuhn&Loeb, constitue el triunvirato plutocrático sobre el que habría de cimentarse el Eastern Establishment. Por el momento (y porque un análisis más detallado dedicado al clan Rockefeller está disponible en este artículo), bastará con adelantar aquí que su imperio económico, gestado también durante los años de la guerra de Secesión, se articula en sus inicios en torno a una gran empresa, la Standard Oil, afianzándose posteriormente sobre la base de una poderosa institución financiera, el Chase Manhattan Bank.

Uno de los autores que con más conocimiento de causa describe las claves ideológicas y los métodos operativos del Eastern Establishment es el historiador Carroll Quigley. En su análisis del asunto, que conoce desde dentro, Quigley sitúa la génesis del sistema financiero occidental en el vuelco de las relaciones de poder producido por las revoluciones capitalistas o burguesas. Como consecuencia de la instauración del sistema capitalista como modelo, el poder efectivo pasó de las instituciones aristocráticas defenestradas a las oligarquías burguesas, plenamente conscientes de que, una vez implantado dicho modelo, el dinero habría de erigirse en el factor determinante del acontecer moderno.
Seguidamente, Quigley describe el proceso a través del cual las grandes dinastías bancarias (Rothschild, Baring, Lazard, Warburg, Schiff, Seligman, Malet, Erlanger etc.) conformaron un sistema de alianzas financieras de alcance internacional. El procedimiento seguido desde el primer tercio del siglo XIX consistió en incorporar a su órbita de dominio un creciente número de bancos provinciales, sociedades aseguradoras y complejos industriales, para desarrollar a continuación, y a nivel internacional, un mecanismo de control del dinero y de su circulación. De esta forma, tanto la economía en desarrollo como las altas esferas políticas entraron en una situación de absoluta dependencia.
Durante el apogeo del imperialismo inglés, el centro operativo desde donde actuó la alta finanza internacional fue el Banco de Inglaterra, el más eficiente de sus instrumentos de dominio por entonces. Posteriormente, con el declive del Imperio Británico y la transferencia de su papel hegemónico a los Estados Unidos, el principal núcleo operativo pasa a ser la Reserva Federal o Banco Central estadounidense, como lo veremos más adelante.
Por lo que se refiere a los ingredientes ideológicos del engranaje, el citado historiador no duda en señalar como sus máximos mentores a John Ruskin y a Cecil Rhodes, cuyas concepciones basadas en un gobierno mundial regentado por una oligarquía plutocrático-tecnocrática ya fueron debidamente comentadas con anterioridad. De hecho, las sociedades creadas por ambos personajes fueron el principal vehículo de expansión de sus doctrinas al otro lado del Atlántico.
En los Estados Unidos, la configuración del Eastern Establishment se desarrolló siguiendo los mismos cauces, y transcurrió de la mano de los dos grandes de la economía norteamericana, Morgan y Rockefeller, a quienes se sumará en las postrimerías del siglo XIX otro poderoso grupo financiero del que en breve se hablará. Quigley, por su parte, refiere el modo en que, a partir del último tercio del pasado siglo, los trusts Morgan y Rockefeller desarrollaron una labor sistemática de absorción y de concentración económica ejercida fundamentalmente sobre los bancos comerciales, las sociedades aseguradoras, la industria pesada, las compañías de servicios públicos y el ferrocarril. En su obra “Tragedy and Hope” (Pdf), Quigley también hace alusión a las fundaciones “filantrópicas” auspiciadas por ambos trusts. Instituciones que, además de constituir plataformas inmejorables de penetración e influencia en todos los ámbitos de la sociedad, habrían de revelarse muy pronto como instrumentos de primer orden para burlar la inoperante legislación antitrust, otro de los espúreos adornos de los regímenes “democráticos” occidentales.
Para completar esta descripción, nada mejor que reproducir textualmente algunos comentarios sumamente ilustrativos escritos por el propio Quigley sobre el particular:
La estructura de los controles financieros que crearon los magnates del Big Banking y del Big Business en el período 1880-1933 era de una extraordinaria complejidad. Una empresa feudo era erigida sobre otra, ambas eran ligadas con firmas semi-independientes, y el todo creció hasta formar dos cimas de poder económico y financiero, de las cuales, una, con centro en Nueva York, era comandada por J.P. Morgan, y la otra, en Ohio, por la familia Rockefeller. Cuando ambas trabajaban en común, como por lo general hacían, podían influenciar la vida económica del país en alto grado, y casi controlar su vida política, al menos a nivel federal”. (…)
En 1930, las doscientas grandes sociedades(estadounidenses) poseían el 49,2% de los activos de cuarenta mil sociedades del país. De hecho, en 1930 los activos de una sola sociedad, la American Telephone and Telegraph, controlada por Morgan, eran superiores a la riqueza total de 21 Estados de la Unión. La influencia de estos dirigentes de la economía era tan grande que los grupos Morgan y Rockefeller, cuando operaban conjuntamente, o incluso Morgan actuando en solitario, hubieran podido destruir el sistema económico de todo el país”.
Otro buen conocedor del panorama reinante en la Norteamérica de principios de siglo es John Moody, fiel partidario, por otra parte, del modelo capitalista, lo que no le impedirá expresarse en una obra publicada en 1904 “The Trusts About the Trusts” (Pdf) en estos elocuentes términos: “Consideradas en conjunto, las influencias hegemónicas de los trusts obedecen a una intrincada red de pequeños y grandes grupos de capitalistas, muchos de ellos aliados entre sí por lazos de mayor o menor importancia, pero todos apéndice o partes de grupos mayores que, a su vez, dependen y se alían con los dos grupos mastodónticos de Rockefeller y Morgan. Estos dos gigantes constituyen el corazón y la vida comercial del país. Los otros son las arterias que se extienden en miles de ramificaciones por la vida nacional, haciendo sentir su influencia en todos los lugares, sin dejar de estar conectados y depender de esa gran fuente central, cuya influencia y política domina a todos”.

Finalmente, el tercer bloque financiero que, junto con los trusts Morgan y Rockefeller, compone la cima del poder plutocrático en los albores del Eastern Establishment, es el grupo Warburg-Lehman-Kuhn&Loeb. Este potente complejo bancario se ha configurado a través las alianzas familiares de varios financieros judío-alemanes que, en las últimas décadas del siglo XIX., se instalaron en territorio estadounidense.
Entre los forjadores de dicho imperio económico figuran los nombres de Jacob Schiff, máximo dirigente de la banca Kuhn&Loeb hasta su fallecimiento en 1920, Isaac Seligman, cuya firma bancaria ligó sus intereses a la casa Kuhn&Loeb tras su matrimonio con la segunda hija de Loeb, Felix Warburg, casado, a su vez, con una hija de Schiff, lo que estrechó los vínculos entre la banca Warburg y la firma Kuhn&Loeb, Herbert Lehman, presidente de la banca Lehman Brothers, antiguo gobernador de Arkansas y vicepresidente honorario del American Jewish Committee, y por último, Lewis L. Strauss, consejero de la familia Rockefeller, asociado de la firma Kuhn&Loeb, almirante de la armada estadounidense durante la 2ª Guerra Mundial y, posteriormente, presidente de la Comisión de Energía Atómica de los Estados Unidos.
Este complejo bancario ha sido tradicionalmente el alma mater del American Jewish Committee, así como de la Organización Sionista Americana y de la United Jewish Appeal, organismos a través de los cuales se han canalizado los fondos para el patrocinio de la causa sionista y los empréstitos de la Administración norteamericana al Estado de Israel.
Entre los diversos instrumentos articulados por la plutocracia del Eastern Establishment para dominar la vida pública estadounidense merecen destacarse dos: el Council on Foreign Relations, o Consejo de Relaciones Exteriores, y la Reserva Federal. Del primero, que es un club oligárquico de carácter privado, han salido a lo largo de los últimos setenta años la práctica totalidad de los altos cargos políticos de la Administración norteamericana, con independencia de cuál haya sido el partido político gobernante en cada momento (más información en el articulo dedicado a esta poderosa entidad). Por lo que se refiere a la Reserva Federal, esto es, al Banco Central estadounidense, se trata de una institución de importancia crucial que, en contra de lo que pudiera suponerse a tenor de su carácter público, está gestionada y dirigida por la alta finanza privada.
La creación de este organismo se gesta durante una reunión restringida convocada al efecto por Nelson Aldrich (abuelo de Nelson Rockefeller) el 22 de noviembre de 1910 en Jekyl Island (Georgia), y en la que participan Benjamín Strong, en representación del Bankers Trust Company, adscrito a la órbita de la casa Morgan, Henry Davison, alto ejecutivo igualmente de J.P.Morgan, Frank Vanderlip, presidente del National City Bank de Rockefeller, Paul Warburg, director de la banca Warburg, y Piatt Andrew, secretario de Hacienda estadounidense. En dicha reunión se redactan los informes que poco después recogerá con puntualidad el Decreto del Federal Board System, refrendado oficialmente el 20 de diciembre de 1913. En virtud de aquella disposición legal, que establece el sistema de la Reserva Federal vigente desde entonces, el Estado otorga a un grupo bancario privado la facultad de acuñar moneda y el derecho exclusivo a la emisión de billetes, o dicho de otro modo, el control absoluto de la circulación monetaria en todo el país. Desde la adaptación de tal sistema, el gobierno estadounidense se limita a emitir bonos estatales, que son respaldados por la Reserva Federal gestionada por la banca privada. Como consecuencia de ello, la banca privada titular del Board System percibe anualmente en concepto de intereses miles de millones de dólares, que son pagados, naturalmente, por el contribuyente norteamericano.

La adopción del Federal Board System responde fielmente a la dinámica señalada por el profesor Carroll Quigley cuando describe los mecanismos y procedimientos empleados por la oligarquía financiera: “Se trataba de la creación de un sistema internacional de hegemonía financiera en manos de algunas individualidades capaces de dominar la política de cada país y la economía mundial. El sistema así estructurado descansaría sobre la autoridad de tipo feudal de los Bancos Centrales, enlazados entre sí a través de acuerdos estipulados en el curso de entrevistas periódicas y de reuniones privadas”.
Efectivamente, desde la implantación de ese sistema de forma generalizada, los gobernadores de los Bancos Centrales se reúnen con periodicidad, aunque por encima de los encuentros de quienes a la postre no son sino meros subalternos del Gran Capital, se sitúan los contactos entre los financieros rectores del Establishment Mundial, que, en palabras de Quigley: “conforman un sistema de dominación nacional y de cooperación internacional más potente y más discreto que el de los agentes de los Bancos Centrales”.
El elemento sobre el que habrá de basarse este proceso, iniciado en el siglo XVIII, no es otro que el papel moneda o billete bancario, cuya emisión y control circulatorio son pronto prerrogativas exclusivas de los Bancos Centrales, gestionados y dominados por la banca privada. Las ventajas que para la Alta Finanza supone la instauración de un sistema económico basado en la moneda fiduciaria, aparecen reflejadas sin tapujos en una carta enviada por los Rothschild de Londres a un banquero neoyorquino el 25 de junio de 1863. Dicha carta, recogida en el documento nº 23 del National Economy and the Banking System of the United States, dice así: “Las escasas personas que puedan comprender el sistema -cheques y créditos- mostrarán tanto interés por sus beneficios o dependerán en tal manera de sus ventajas que no se debe esperar de ellas ninguna oposición, mientras que, de otro lado, la gran masa de público, mentalmente incapaz de comprender las enormes ventajas que el capital saca de ese sistema, soportará los costes sin oponerse e, incluso, sin sospechar siquiera que ese sistema es contrario a sus intereses”.
El modelo de los Bancos centrales es adoptado en los principales países europeos a lo largo del siglo XIX, con la única excepción sobresaliente de la Rusia zarista. Por lo que a los Estados Unidos se refiere, uno de los más solventes especialistas en esta materia, Gustavus Myers, describe en su obra “History of the Great American Fortunes” (libro digital) el modo en que varios banqueros europeos, y muy especialmente los Rothschild, ejercieron su poderosa influencia para la adopción de las leyes financieras norteamericanas. Los archivos legislativos, señala Myers, muestran claramente el poder de los Rothschild en la antigua Banca de los Estados Unidos, suprimida por el presidente Jackson en 1836.
Sin embargo, el financiamiento de de la guerra de Secesión (la guerra es uno de los elementos clave sobre los que ha pivotado el progresivo endeudamiento de los Estados modernos) empuja al presidente Lincoln a recurrir a los grandes bancos internacionales, que en 1863 le imponen la adopción de la National Bank Act, en virtud de la cual dichas entidades compran los bonos emitidos por el Estado para sufragar los gastos de guerra, con los correspondientes intereses en su favor, obteniendo como contrapartida la facultad de emitir billetes bancarios sin interés; es decir, beneficios a dos bandas para la Alta finanza. Ése será el régimen bancario vigente en los Estados Unidos hasta que sea adoptado el Federal Board System, que no hace sino completar el modelo anterior y garantizar todavía mejor los intereses de sus beneficiarios.

No puede cerrarse este asunto sin mencionar el nombre de Edward Mendel House, alias coronel House, un sujeto cuya posición cerca del presidente Woodrow Wilson (del que fue asesor especial y eminencia gris) hizo posible sus turbias maniobras en los círculos políticos norteamericanos hasta lograr la aprobación del sistema de la Reserva Federal. Un servicio inestimable a sus patrones del club plutocrático estadounidense que éstos no dudarán en reconocerle, como bien muestra esta carta que uno de ellos, el banquero Jacob Schiff, dirige al eficiente peón:
Mi querido coronel House
Yo tengo que deciros cuánto aprecio el trabajo tan útil, incluso más cuando se persigue en la sombra, que acabáis de cumplir para la legislación bancaria. (…) Esta ley es buena bajo muchos aspectos; ella permite comenzar bajo felices auspicios, y dejará que el tiempo cumpla su obra; y cuando pida algunos retoques, nosotros estaremos en buena posición para proceder entonces. De todos modos, tenéis excelentes razones para estar satisfecho con los resultados obtenidos, y yo espero que ese sentimiento acrecentará el placer tomándoos unas vacaciones.
Yo soy, con mis mejores votos, Jacob W. Schiff. “
Ese mismo sistema será posteriormente adoptado como modelo inspirador del Fondo Monetario Internacional, a través del cual la Alta Finanza privada ejercita sus mecanismos de control del dinero y del crédito a nivel mundial. Y es también el que sirve de marco al Banco Mundial, otra institución financiera gestionada por la banca privada, aunque sus fondos procedan de las aportaciones de los Estados, es decir, de los ciudadanos. Una institución cuyas concesiones crediticias a los países tercermundistas van invariablemente acompañadas de las directrices económico-políticas que deben seguir. Ambas entidades fueron creadas en el curso de la Conferencia de Bretton Woods (julio 1944), un foro promovido y auspiciado por el Grupo Económico y Financiero del Consejo de Relaciones Exteriores.

Este artículo esta extraído del libro “El Nuevo Orden Mundial” de Martín Lozano disponible en nuestra biblioteca.

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